El ciervo perseguido 
Publicado por Editor | 23 Sep, 8:53 AM | 1 comentarios |
[Fragmento de El ciervo perseguido, vida y obra de Roque Dalton]
Por Luis Alvarenga
Donde la tierra es buena como el árbol
El poeta nació el 14 de mayo de 1935, en casa del señor Raúl Méndez, bajo el nombre de Roque Antonio; el nombre Roque proviene del sacerdote católico Roque Orellana, a quien conoció la madre del poeta. Ella se llamaba María García y se desempeñaba como enfermera. Dalton mantuvo una relación muy estrecha con doña María, según lo atestigua gente que lo conoció.
Roque pasó sus primeros años en la casa materna, que era también una tienda: La Royal, situada en la esquina de la 2.a avenida norte y la calle 5 de Noviembre. Muerta doña María, la madre de Roque, la Royal sufrió varias transformaciones: Fue un comedor, luego una cervecería; otra vez volvió a ser comedor y, últimamente, se ha transformado en un lugar de compra y venta de objetos metálicos. Se hablaba de la idea de transformar la antigua casa del poeta en un centro cultural, pero nada ha cambiado todavía.
El poeta aparece inscrito como Roque Antonio García, debido a que el señor Dalton no quiso reconocerlo de primera intención. Su primer recuerdo paterno, consignado en el libro Taberna, lo describe como un extraño señor que irrumpe en la paz de su casa, y que hace sentir azorado terriblemente al bebé que era Roque, como «un gusano de seda asustado por su primera ojeada al mundo», de quien se le dice que es su padre y que, tras dejar unos billetes, se esfuma en un automóvil. En ese mismo libro, lo recuerda a la par de un vaso de leche francamente estremecedor. Winnal, dice Roque, es su héroe, porque «le habría ganado a Humphrey Bogart cuanta pelea se le hubiera ocurrido, aun con una mano atada, ojos vendados, piernas en un costal. Aquél fue el mejor vaso de leche que tomé en mi vida. Y creo que también por eso os amo, pueblo mío, historia, peligros, etc.»
Un primo de doña María, Santiago Díaz Medrana, le enseñó a leer. Éste sería un gran descubrimiento para Roque: La pasión por la palabra escrita. Desde ese momento, se quedaría maravillado por la palabra, las palabras escritas en la calle, en los libros, en las casas y en los cuerpos. El mundo convertido en una amplísima Cueva de Altamira, cuyos dibujos guardan palabras inquietantes, que harán que el que las lea no vuelva a ser el mismo de antes.
El señor Winnal inscribió a su hijo en el kindergarten de las hermanas Gonzalbo --Mariíta y Merceditas--, Santa Teresita del Niño Jesús. El ensayista Ricardo Roque Baldovinos describe el ambiente del lugar: «(Las hermanas Gonzalbo) eran nacidas en España, pero habían venido de niñas al país, tenían una identidad española muy fuerte aunque hablaban con acento salvadoreño. Ya eran bastante mayores cuando yo estuve allí. Mis recuerdos del lugar son mixtos. Era un colegio muy pequeño instalado en una hermosa casa antigua del centro de San Salvador. El ambiente era muy acogedor y familiar. Estas dos señoras eran muy cariñosas y se sabían el nombre de todos los niños. Pero, por otro lado, había una atmósfera de extremismo católico asfixiante, donde el miedo y, sobre todo, la idea de culpa, de pecado original, eran reforzados a cada instante».
Roque recibió ahí la primera comunión. Eran los inicios de quien se autodescribiría como un «católico feroz» en esos años. El kindergarten era para los hijos de ricos. Así comenzó a sentir en carne viva las diferencias de clase. Él lo recuerda en Los hongos: «"Gente de pueblo" -me dijo Roberto en el primer día de clases en la sección/ Infantilito, y me empujó duro, de manera
Después, estudió en el colegio, Bautista. En 1946, Roque comenzó a estudiar en el Externado de San José, de la Compañía de Jesús. La formación jesuita es un elemento clave en la vida de Dalton. Es una presencia insoslayable en sus poemas, ya sea como un sustrato cultural, como una referencia autobiográfica, o como un elemento satírico. Quizás por eso se entendió muy bien con los libros de otro ex alumno jesuita, un irlandés llamado James Joyce.
El Externado aún era un coto cerrado para quien no perteneciera a las clases dominantes del país. «Había vivido –escribió Eraclio Zepeda- la diferencia evidente entre sus compañeros de estudios, que pagaba Mr. Dalton, y sus compañeros del barrio donde habitaba la niña María, su madre, enfermera de oficio para sostenerse». Roque lo dice a su modo, en un poema que es una larga carta a su confesor durante los años del Externado: «En el barrio de los golfos fui/ el hijo del millonario norteamericano y en el Colegio/ para los hijos de los millonarios (el Externado de San José en la época/ cuando apenas comenzaban a ingresar por excepción! los superdotados de la clase media) fui/ el rapaz escapado por no sé qué puerta falsa del barrio de los golfos». Ya desde los años del kindergarten de las hermanas Gonzalbo, Roque comenzó a cultivar. la amistad de un condiscípulo del colegio jesuita: Antonio Alas, a quien le dedica hermosas páginas en sus textos y poemas muy personales. Con Alas -conocido como A.A.-, Roque compartió, no sólo la primera comunión y la circunstancia de ser «hijo natural», sino también los primeros atisbos de la irreverencia: «A.A. y yo hicimos una versión patana del Himno del Externado de San José (...) y un proyecto de hoja suelta, que no llegó a imprimirse, en el cual felicitábamos gozosamente al pueblo salvadoreño en ocasión de haberse incendiado la Catedral Metropolitana, con todo y que -desgraciadamente, decíamos- se salvó el señor arzobispo».
Ignoramos más cosas sobre Antonio Alas. No sabemos quién fue, qué ocurrió después para que no volviera a verse con Roque después de la época del Externado. Roque, desde sus primeros años, ya había empezado a encontrarse con la poesía. María Leticia Solano, autpra de una preciosa entrevista con la madre de Dalton, asegura que desde muy joven, él escribía cosas como ésta:
Aquí la tierra es buena como el árbol
y presta sus arterias para que corra el agua
Aquí el sol es ardiente y enfermante
y ha sido adorado.
Aquí el hombre se ve tallado a golpes
dolorosos, desde niño.
Hay que decir que esto no pasó desapercibido para los jesuitas. Uno de los sacerdotes, el padre Alfonso María Landarech -autor de textos sobre literatura- comenzó, de alguna manera, a insuflarle ánimos al muchacho flaco y narizón que era Roque. Landarech -apodado «Tapón» por sus alumnos- «insistía en convencer a todo el mundo, de que su querida oveja negra era el poeta lírico más importante de la historia de la literatura nacional» -escribe Dalton-. «Esto le ganó el odio de Hugo Lindo y de otros poetas católicos de El Salvador, le ganó mi convencimiento en el sentido de que críticamente no pasaba de ser un sentimental y él ganó las simpatías de algunas de mis borracheras mejores», añade. Roque estimó a Landarech al punto de mantener correspondencia con él aun durante su exilio cubano, según afirma Álvaro Menéndez Leal.
En las aulas jesuitas, Roque conocería a un sacerdote que sería conocido años después, abandonaría su orden y se convertiría en un ideólogo de derechas: Francisco Peccorini. En Los hongos, el poeta asegura haberse confesado con él tras haberse dado un tiro en una pierna, a la edad de quince años, como producto de una decepción amorosa. Años locos. Años de trifulcas en los encuentros de baloncesto intercolegial (sobre todo con la barra del Liceo Salvadoreño, con el que el Externado tuvo una rivalidad deportiva de décadas). En esos episodios, Roque fue herido de guerra: un ladrillazo en plena boca durante un partido de baloncesto contra el Liceo, cuando era el jefe de barra del Externado; otro ladrillazo, en la nariz, por discutir un penalti con un jugador costarricense; una pedrada en el ojo derecho durante la representación de la toma de Okinawa, propinada por su inquietante condiscípulo Quique Soler: vida plena y maltratada del poeta.
Ese tipo de hechos pasa, muchas veces, por simples aventuras graciosas del poeta, como otra forma suya de practicar el humor y la irreverencia. De ahí que se haya presentado hasta la saciedad la imagen de Dalton humorista. Creo que hay algo más allá. Existe en su poesía una constante -ya no digamos en su novela-: integrar al poema vivencias, sucedidos propios, de todo tipo: humorísticos, amorosos, políticos, etcétera. Es la constatación de que para Dalton no hay deslinde entre la vida y el poema. Es más: El autor de Los testimonios hace de su vida un poema y de la poesía una forma de vivir.
Así pasó el tiempo, hasta que Roque se graduó de Bachiller, en 1952. No sabría cuánto habría de cambiar su vida a partir de este momento. Para la mala memoria, una anécdota rescatada por Claribel Alegría: Roque fue comisionado, en virtud de su sobresaliente rendimiento académico, para dar el discurso de su promoción de bachilleres. El poeta aprovechó la ocasión para atacar la doble moral de los curas de su colegio: su servilismo ante los hijos de ricos y su actitud discriminatoria contra los muchachos pobres o «hijos naturales» es decir, fuera de matrimonio.
La opinión de los lectores
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Una propuesta de bioética pública
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Taberna y otros lugares: 40 años
- Bitácora de Roque Dalton
Dalton: un corazón aventurero
El ciervo perseguido
La roca donde Roque murió
Al borde del abismo
Sobre un poeta poco conocido
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